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“Manuel Barbadillo. “Por Eduardo Domínguez Lobato. ( ABC. 1971)

Captura de pantalla 2018-08-04 10.07.56La casa de la Cilla conserva, remozadamente intacta, su arquitectura hermética y serena, de viejo corte monacal. Por aquí pasaban diezmos y primicias en los tiempos suntuosos del señorío ducal. La calle Luís de Eguilaz, entre el Castillo y el Palacio, debió ser por entonces la arteria clave del poderío de los Pérez de Guzmán.

Patio monumental, enclaustrado entre las columnas de mármol de cuatro galerías, medio jardín a fuerza de enredaderas y macetas. Celosías, puertas talladas, herraje y estrados sevillanos, angarillas, cantaros cortijeros, el brocal del aljibe-de una sola pieza- singularizan decorativamente este mimado refugio de esencias andaluzas. Escalera ancha de piedra de Tarifa. Arriba austeramente monásticos, elegantemente anclados en el tiempo. La luz entra con sordina. Silencio. Un rotulillo: “Las visitas, breves. Es un ruego”. Hay como un vaho claustral definitivamente adherido a estas paredes. Huele remotamente a vino. Esta casa, hoy corazón y cerebro de un vasto complejo vinatero entrará en el futuro con todos los pronunciamientos museables. Pero mañana será otro día…

Don Manuel Barbadillo es un extraordinario conversador, un formidable esgrimista con el florete de la frase corta, que sin embargo, confiesa los sobrehumanos esfuerzos que le cuesta hablar en público. Pero en la intimidad del despacho –atiborrado de fotografías emocionadamente colgadas en las cuatro paredes- sabemos que la charla ha de ser fácil, jugosa y diáfana. Pero ¿cómo, por dónde empezar? Ya habrán dado de manos en todas las bodegas, aunque en las oficinas aun teclea alguna máquina de escribir. Los últimos coletazos-pensamos- de una atosigarte jornada de urgencias empresariales. Ahora estamos sencilla y lisamente ante el escritor. Por que el hombre de empresa sabe darle la vuelta a la moneda con facilidad asombrosa. (Tiene como dogma vital, llevado a rajatabla, que la plenitud solo puede lograrse bifurcando la vida por dos planos distintos. Paralelos, convergentes o divergentes, como se quiera. Pero distintos.)

Estamos ante el escritor que un día lejano tuvo hechas las maletas con ilusiones de villa y corte. Y que, casi con el pie en el estribo, se despertó una mañana bajo el mazazo pavoroso: “Manolo, papá se ha quedado ciego”. Tuvo que subirse prematuramente al puente del negocio, rehacer la carta de ruta. Le había caído encima el peso purpúreo de la primogenitura. Y aceptó lozanamente, con ilusionada alegría, porque bajo el sentido del deber no caben frustraciones. Y se puso a escribir. Fervorosa y vocacionalmente. A sabiendas de que siempre seria eso que ciertas alturas llaman escritor de provincias. (Ya se sabe que esto no quiere decir nada, aunque quiera decir mucho. Pero ahí queda el sambenito…)

En 1922, el primer libro: Historia de un paraguas. Después, Los soldados de Soult, Crequi el tamborilero y Apuntes en la llanura. Narraciones cuajadas de intenciones históricas y biográficas- no exentas de agudezas críticas- por las que el autor muestra clarísimas predilecciones. Este primer ciclo de prosa, meridiana a lo don Juan Valera, se cierra en 1933 con un documentado ensayo investigador: La ejecutoria de la manzanilla.

En 1935, aparece el poeta y sale a la luz Rincones de sol. Recién terminada la guerra Geranios, luego, Flor y cal, Calesas y bergantines, Jarcias y yuntas. El telón poético cae en 1954 con Del mismo tronco. ¿Quiere decir esto que el poeta renuncia a la poesía? No. Es que el poeta piensa que la poesía no debe encerrarse necesariamente en versos. (Muy después, sobre 1969, aparecerá la Antología. La trayectoria es clarísima: poesía salineramente descriptiva del hombre inmerso en el paisaje. El sabe que puede achacársele una excesiva tendencia localista, máxime en los tiempos de ecumenismo y del mensaje.Bien, pero ¿Quién puede negar que el localismo comporta, a veces, la universalidad? Juan Ramón, por ejemplo, fue con su platero un escritor profundamente clavado en su tierra, enamorado de su tierra y, también, con el dolor de su tierra.En 1950 reaparece el prosista. Depurada la técnica narrativa, dueño de todos los resortes de la de novelar, con muchas cosas que decir, publica La sombra iluminada. Es esta la obra favorita del escritor…Casi inmediatamente, un libro que puede servir de texto en las redondas universidades de la viticultura. El vino de la alegría. La edición, cara y limitadísima se agota rápidamente y la obra para en ser un tesoro de bibliógrafos. Después, un libro de ensayos, La barca negra. Hondo, bien pergeñado, matizado por el venir de vuelta de muchas cosas. ¿Pesimismo? No. Si acaso, condescendencia burlona. Escombros, es un delicioso mosaico histórico- anecdótico ligero, salado, luminoso, en el que el autor esgrime sus más chispeantes maneras. Los ojos del perro y Telones y marionetas están sin duda alguna, en la mejor línea del novelista. Prosa ligera y maciza a la vez, sobre un fondo de sutil ironía, de blando escepticismo. Pero ¿De dónde saca el tiempo el escritor? Sencillísimo. A las seis de la mañana está en planta. Su vida y su obra pueden resumirse en tres palabras, trabajo, trabajo, trabajo. ¿Algo más? Si. Curiosidad, insatisfacción, pasión por todo cuanto le rodea.

Luego aparecen Un mundo en borrador-para nosotros la mejor de sus novelas. La ciudad sepultada y El puente roto. Dos formidables biografías, Pacheco, su vida y su tiempo y Luis de Eguilaz – sanluqueños ambos, pintor y suegro de Velázquez el primero, dramaturgo injustamente relegado el segundo-atestiguan la capacidad investigadora del autor. Pero el verdadero quid está en los factores ambientales que hacen revivir en olor y color de humanidad, con fidelidad irrenunciable, una época muerta.( Chesterton, el genio de la paradoja, vino a decir que no se puede adoptar actitudes escépticas sin una fe profunda.)

-¿Cómo se ve a sí mismo?

– Si me miro al espejo, horriblemente viejo. Si no, me encuentro como siempre. Y esto es lo triste…

-¿De quién está más satisfecho, del poeta, del novelista, del biógrafo?

-De ninguno. Ni lo estaré nunca. Soy el eterno buscador, el eterno insatisfecho.

Se ha hecho de noche y la conversación discurre ahora por los afanes futuros. Cuando Baúl literario tiene la tinta aún fresca, don Manuel prepara un voluminoso ensayo historiográfico de la época de los duques de Montpensier . Y tiene casi terminada una novela La llave en el suelo. ¿La llave de qué? De muchas cosas, de muchos secretos, de muchos cuartos cerrados-inútilmente cerrados- que nos limitan esta pícara vida..

ABC. 29/4/1971.

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