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“Covachas de la cuesta de Belén.” Por Eduardo Domínguez Lobato. (1973)

Las covachas o el misterio. Se sabe que a sus mismos pies rompía el mar excitante, prometedor, aventurero allá en los albores covachaslobatode la Edad Moderna. Pero no hay forma de entender quien, como y para qué levantó las arcadas de piedra, tan originales en su traza y arquitectura como indescifrable en cuanto a sus orígenes época y finalidad. Cuesta trabajo pensar que tan esplendida orfebrería de la piedra, tamaña filigrana cincelada no jugara otro papel que el de simple muralla de contención para los jardines ducales. Debieron existir, sin duda otras altas razones que se nos escapan para justificar tan rara magnificencia ¿Cuáles? Nadie lo ha dicho.

Fernando Guillamas habla maravillado de la serie de pequeños arcos góticos ojivados con increíbles adornos de follaje y sirenas de gran tamaño que alcanzan casi el coronamiento del muro. Pero no intentan siquiera descifrar el posible contenido alegórico de lo que parece una leyenda esculpida en piedra y que bien pudiera tomarse por alguna fantástica narración que participara por igual de elementos mitológicos greco-romanos y de la enigmática simbología oriental. El puntilloso y objetivo Guillamas se limita a rechazarla terminantemente como obra de los godos, por cuanto estos desconocieron el arte ojival y no dominaron jamás la escultura con tan acavado virtuosismo.

Tampoco Pedro de Madrazo arroja gran luz sobre los posibles orígenes aun cuando aventura que bien pudiera tratarse de los restos del Alcázar viejo, que en su fachada de la cuesta de Belén se asomaba al mar “con una fantástica decoración de arcos ojivales aconopiados y estribos con columnas superpuestas sosteniendo repisas, en las que apoyan sendas serpientes aladas coronadas por sus correspondientes marquesinas. Algunas espaciosas repisas de molduras horizontales que se ven sobre los arcos denotan que hubo antiguamente balconaje en esta singular fachadas.” Pero la hipótesis de Madrazo expuesta con formidable vigor descriptivo, cae por su propio peso, por cuanto no es posible admitir la intervención de los árabes –hacedores del antiguo Alcazar- porque los arquitectos musulmanes nunca concibieron semejantes motivos de decoración.

Excluidos godos y árabes no queda otra salida que pensar en el siglo XIV o principios del Siglo XV, coincidiendo con el gran levantamiento del palacio nuevo de los duques. ¿Pero no cabe la posibilidad de que tales arcadas existieran antes, de muchísimo antes, llegando incluso a los últimos moradores tartésicos, cuya obra primitiva resistió las sucesivas oleadas invasoras? ¿No cabe pensar que los primeros descendientes de Guzmán el Bueno acometieron reverentemente la obra de restauración y readaptación de tan elocuentes vestigios? .También es posible admitir que los primeros duques decidieran señalar con recreada predilección la fachada marinera del palacio y encargaran la obra a tan sorprendentes arquitectos y cinceladores que resultan verdaderamente insólitos, inconcebibles en la austeridad arquitectónica, puramente funcional, del resto de la edificación.

Siguiendo a Rodríguez Marín, tales arcadas estuvieron en principio construidas al aire quedando tras de ellas el barranco accesible para los mismo muros del palacio. De donde podría deducirse que antes de terraplenes y formar jardín pudieran servir de marco a la desaparecida puerta del mar. Pero semejante deducción no es aceptada por  trabajosa y enrevesada. Lo más natural como señalan Guillamas, Barbadillo y Velázquez Gaztelu, es que la discutida Puerta se abriese lógicamente en el hueco que resta entre el palacio y la Merced.

Es significativo y curioso que todos los documentos conocidos se reiteran al espacio de las arcadas o covachas, como “debajo de la casa del duque” . Cuando el cabildo trata de allanar los barrancos del pie del palacio o cuando acuerda la obra de la actual Cuesta de Belén- Sesión de 21 de enero de 1522- se refiere a tales lugares con esa denominación específica sin que ningún momento quede clara la posesión real de las covachas que se disputaron de antiguo los duques y el cabildo a lo largo de interminables pleitos y discusiones. Si el quedar bajo palacio avala en cierto modo la propiedad ducal, su presunta condición de puerta y muralla respalda la soberanía municipal. Los millares de folios escritos cuando la incorporación de Sanlúcar a la corona permanecen sorprendentemente herméticos sobre este extremo. Ni se tomó posesión ni dejó de tomarse. Lo que en principio parece buen argumento para entender que el cabildo daba ya por descontado e indiscutibles sus derechos de posesión.

Con la expansión ciudadana hacia el Barrio bajo, las covachas perdieron actualidad y vigencia. Si durante buena parte del siglo XVIII sirvieron como convento a los frailes jerónimos, pasaron luego a un segundo plano inclinado, por donde las cosas rodaron, envueltas en las telarañas del olvido, hasta el abandono total. Hoy no son más que un arrinconado y desconocido depósito municipal. Pero pueden resucitar, porque tales covachas encierran, por donde quiera que se las mire, un potencial turístico de primerísimo orden. Las inquietudes están en marcha. Cabria empezar por el desencalamiento desde la base para mayor grandeza de la piedra vivía y seguir con su iluminación de las cuevas como museo arqueológico, o de la mar, o del vino , o de las tres cosas a la vez sin desdeñar cualquiera otro destino de aceptable estética cara a las exigencias del turismo. Lo que está pidiendo a voces las exultantes, filigraneadas, enigmáticas murallas de la antigua Puerta de la Mar.

Eduardo Domínguez Lobato.

( ABC de Sevilla 28/ 11/ 1973)

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